La clave para que tu hijo te escuche no está en lo que dices

La clave para que tu hijo te escuche no está en lo que dices

Por qué tu hijo no te escucha y qué puedes hacer para cambiarlo

Eso que no te dice… también es parte del mensaje

Imagínate que estás hablando y la otra persona está mirando el móvil sin mirarte a los ojos. ¿Cómo te sientes?

A tu hijo/a adolescente le pasa igual.

A veces no es que no escuche… es que siente que no lo escuchamos a él/ella primero.

Si buscas mejorar vuestra comunicación, quizá el primer paso sea cambiar tu forma de estar presente.

Una escena que se repite en muchas casas…

“¡Te lo he dicho mil veces!”, “¿Me estás escuchando?”, “Siempre estás con el móvil, ¡es imposible hablar contigo!”.

Tu hijo no responde. O lo hace con desgana. O directamente se va. Y tú te quedas con esa sensación de estar hablando con una pared.

Te invade una mezcla de frustración, impotencia y tristeza. Te preguntas por qué no te escucha, por qué todo parece convertirse en un campo de batalla.

Esa frustración es muy común. Pero muchas veces lo que falla no es lo que dices, sino desde dónde lo dices. Y sobre todo… desde dónde escuchas tú.

Escuchar distinto cambia la conversación

Cuando estamos en modo corrección, consejo o urgencia, es fácil que escuchemos solo para responder. Para corregir. Para argumentar.

Pero eso no es escuchar de verdad.

Escuchar distinto es parar. Es hacer espacio. Es sostener el silencio sin llenarlo de interpretaciones o juicios.

Escuchar no es solo estar callada mientras el otro habla. Es estar presente de verdad, sin querer corregir, interrumpir o anticiparte.

Es ver más allá de la frase molesta. Es preguntarte qué hay debajo de ese silencio o de ese “no me rayes”.

Es estar ahí con todo lo que el otro trae, aunque no lo entendamos del todo.

Porque cuando escuchamos desde el juicio o la prisa, el otro se cierra. Pero cuando escuchamos desde la presencia, abrimos un espacio nuevo.

¿Qué pasa cuando empiezas a escuchar distinto?

    • Tu hijo baja la guardia.
    • Se siente más comprendido, incluso si no está de acuerdo contigo.
    • La conversación deja de ser una lucha y se convierte en un puente.

Los adolescentes están en un momento vital en el que buscan separarse, definirse, probar. Y eso a veces implica cuestionar, discutir, incluso herir sin querer.

Pero cuando tú cambias tu forma de escuchar, algo empieza a moverse. Porque se sienten vistos. Y desde ahí, bajan las defensas.

Escuchar distinto es la puerta para hablar de otra manera.

Es el primer paso para reconstruir puentes.

Es una forma de decir “te veo”, incluso cuando no lo dices.

A veces, lo único que necesitan es saber que pueden hablar sin ser corregidos todo el rato. Que pueden contar contigo, aunque no te entiendan del todo.

Escuchar distinto no significa renunciar a tus límites

No se trata de ceder en todo o de no poner normas. Se trata de estar más disponible emocionalmente. De no convertir cada charla en una corrección. De escuchar no solo para responder, sino para comprender.

Y sí: esto también se aprende. Y tú puedes empezar hoy.

Estas son algunas preguntas que te ayudan a abrir esa escucha:

    • ¿Qué necesita mi hijo realmente en este momento?
    • ¿Desde dónde estoy escuchando yo: desde la prisa, el miedo, la expectativa…?
    • ¿Puedo sostener lo que dice sin querer corregirlo de inmediato?

Y si no sabes por dónde empezar…

Empieza por escucharte tú.

Escuchar distinto no siempre es fácil, sobre todo si hay heridas, cansancio o tensión acumulada. Pero no estás sola. Acompaño a madres como tú a reconectar con sus hijos desde otro lugar, más consciente y compasivo.

¿Te gustaría probar una nueva forma de comunicarte con tu hijo? Agenda una sesión de exploración aquí

A veces creemos que para mejorar la relación con nuestros hijos necesitamos hacer grandes cosas. Pero muchas veces, basta con empezar a escuchar diferente.

Lo que pasa cuando dejas de ir con el piloto automático: el autocuidado también educa

Lo que pasa cuando dejas de ir con el piloto automático: el autocuidado también educa

Lo que haces por ti también enseña

¿Qué aprende tu hijo cuando tú te priorizas?

En la relación con tu hijo adolescente, cada gesto importa. Y eso incluye cómo te hablas, cómo te cuidas, cómo te sostienes cuando el día se complica. Porque cuando te cuidas, le enseñas que su bienestar también es importante.

El autocuidado no es egoísmo: es una forma silenciosa, pero poderosa, de educar desde el amor.

Quizá te suene esta escena: llegas a casa agotada, después de un día lleno de tareas, trabajo, responsabilidades y exigencias. Tu hijo adolescente te lanza una frase cortante, una que duele. Te gustaría reaccionar con calma, pero te sientes desbordada. Y, sin darte cuenta, explotas o te desconectas.

Y luego llega la culpa.

En esa escena cotidiana, lo que está en juego no es solo la relación con tu hijo. También está lo que haces (o dejas de hacer) contigo misma.

Porque, aunque no siempre lo veas, el modo en que te cuidas, te hablas y te sostienes… también educa.

 

El autocuidado no es egoísmo, es referencia

Muchas madres sienten que priorizarse es “quitar” algo a sus hijos.

Pero ¿y si hacerlo fuese todo lo contrario? Cuando tú te escuchas, te regulas y respetas tus límites, estás enseñando (sin palabras) a tu hijo/a a hacer lo mismo consigo mismo/a.

No se trata de grandes gestos. A veces basta con:

      • Decir “ahora necesito unos minutos para mí”.

      • Reconocer que estás cansada antes de reaccionar.

      • Pedir ayuda sin sentirte menos madre.

      • Recordarte que tú también importas.

Esto no solo mejora tu estado emocional, también envía un mensaje poderoso: “merecemos cuidarnos”.

 

Modelamos con lo que somos

Los adolescentes aprenden menos de lo que les decimos y más de lo que ven. Y cuando ven a una madre que se respeta, que se toma en serio su bienestar, que sabe parar antes de desbordarse… aprenden que ellos también pueden hacerlo.

¿Qué ven en ti cuando te abandonas por completo?
¿Y qué aprenderían si vieran que te escuchas y te priorizas con amor?

Educar desde el autocuidado es una forma profunda y silenciosa de criar.

 

Cuando tú te cuidas, todo empieza a cambiar

Una madre presente consigo misma puede estar más presente con su hijo. Y ese cambio no solo se nota en ti, sino en cómo cambia la energía en casa.

Porque cuando tú estás mejor, puedes ver mejor, escuchar mejor y acompañar sin agotarte.

Y eso es educar desde un lugar más sano, más consciente y más amoroso.

 

Una invitación a mirar hacia dentro

El cambio en la relación con tu hijo puede comenzar cuando empiezas a cambiar la relación contigo misma. No necesitas un plan perfecto ni hacerlo todo distinto. Solo necesitas empezar. Con un pequeño gesto. Un minuto al día. Una elección consciente.

Porque cuando tú estás mejor, puedes mirar mejor a tu hijo. Y desde ahí, la conexión fluye.

 

Si te reconoces en esta historia…

No necesitas cambiarlo todo hoy. Solo darte un pequeño espacio. Una pausa. Una palabra más amable hacia ti. Porque cuando tú estás bien, el vínculo también florece.

Y sientes que necesitas un espacio para reconectar contigo, poner límites desde el amor o simplemente aprender a sostenerte sin perderte, estaré encantada de acompañarte.

Puedes agendar una sesión exploratoria gratuita conmigo aquí

 

Recuerda: el autocuidado no es un extra, es una parte esencial de tu maternidad.

Cuando tú te cuidas, enseñas a tu hijo a cuidarse y también estás cuidando la relación. Y eso, sin duda, es una forma hermosa de educar.

Cómo influye tu nivel de energía en la comunicación con tu hij@

Cómo influye tu nivel de energía en la comunicación con tu hij@

Una baja energía te predispone a no ser un buen conductor en la comunicación con tus hijos

 

El principal componente para tener una comunicación en la que haya entendimiento es establecer la conexión adecuada.

Al igual que para que una bombilla de luz necesita, estar conectada a la red eléctrica, tú necesitas tener la energía adecuada para tener una comunicación que fluya.

Tú eres quien da energía a tu comunicación. Si no dispones de la energía adecuada, la conexión para construir la línea de comunicación termina antes siquiera de poder iniciarse.

¿Qué pasa cuando nos comunicamos con nuestros hijos desde una energía de agotamiento, de angustia, de estrés…?

Lo que pasa es que la energía no es la apropiada para que la comunicación fluya, ni para que el mensaje que queremos transmitir llegue a su destino o que llegue, al menos, de la manera que nos gustaría.

Si nuestra energía está bajo mínimos porque el desgaste es muy grande, esto se traduce en una comunicación de urgencia, poco clara, y en muchos casos con el foco puesto en lo que queremos evitar, en lugar de en lo que queremos conseguir.

¿Y cómo reconocer cuándo estamos “bajo mínimos”?

Normalmente tenemos esta energía cuando estamos agotadas, cuando nos sobre exigimos, cuando pretendemos tenerlo todo bajo control… En definitiva, cuando no nos escuchamos a nosotras mismas ni atendemos nuestras propias necesidades.

Cuando no hacemos caso de nuestras propias necesidades, que como todo ser humano tenemos, entramos en lo que yo llamo modo supervivencia. Y desde el modo supervivencia, en lugar de responder conscientemente a las situaciones que vivimos, reaccionamos a ellas de forma instintiva y automática.

Al entrar en modo supervivencia, nos movemos principalmente para evitar las “amenazas” que puedan surgir, y esto nos hace percibir problemas que desde otro estado no identificaríamos como tales.

Tus necesidades no atendidas te influyen para no ser un buen conductor de la comunicación

Actuamos impulsivamente, la mayoría de las veces lideradas por la emoción que tenemos en ese momento. Y después, cuando la tormenta ha pasado, es muy probable que al echar la vista atrás, nos llevemos las manos a la cabeza y digamos, cómo he llegado a esto. ¿Me equivoco?

Desde esa falta de energía y esa reacción automática, no solo no atendemos nuestras necesidades, sino que tampoco estamos en condiciones de ver las necesidades e inquietudes de nuestros hijos, lo que hace que ellos no se sientan ni vistos ni comprendidos.

Y seguramente estás de acuerdo conmigo en que, desde esa posición reactiva, es muy difícil llegar a tener una comunicación en la que sentiros escuchados.

Sin embargo, desde un nivel de energía adecuado, estamos más atentas a las necesidades de ambos, tenemos más lleno el depósito de la paciencia, y esto nos ayuda a estar más predispuestas a comunicarnos de forma efectiva y afectiva.

Te presento 4 grandes indicadores que te van a ayudar a saber cómo de óptima es tu energía:

  • Medir tu nivel de Estrés.

Para esto es importante identificar qué te produce estrés, ya que habrá niveles de estrés que te quiten energía y otros que te la den.

  • Conocer tus Emociones.

Las emociones son lo que nos mueve, son lo que hace que decidamos ir por un camino u otro, lo que nos lleva a actuar o a quedarnos parados esperando que otros actúen.

Tomamos las decisiones impulsadas por nuestro estado emocional, y una vez tomada la decisión, buscamos la forma de justificarla racionalmente.

Por esto, identificar las emociones que tenemos, conocer qué nos indican y qué hace que se disparen, es la base para poder evaluar cómo de preparadas estamos a que las comunicaciones con nuestros hijos tengan el resultado que queremos.

  • Atender tu Autocuidado.

Debajo de toda emoción hay una necesidad por cubrir, y en esa necesidad no satisfecha está la raíz de la reacción que tenemos a ella.

  • Conocer tus prioridades y Motivaciones.

Cuando estamos desbordadas, o nos encontramos en una situación complicada, no es el mejor momento para analizar lo que consideramos realmente importante y establecer prioridades. Ya que, como veíamos antes, estamos en modo supervivencia, y en este modo tendemos a tratar lo que consideramos urgente en ese momento, que no tiene que ser necesariamente lo prioritario o importante para ti.

 

recuerda: Tu nivel de energía está directamente relacionado con tu nivel de paciencia, y con la forma en la que te comunicas con tus hijos. Cuidar tu energía te ayuda a tener una comunicación más efectiva con ellos.

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