Los grandes cambios empiezan por pequeños pasos

Los grandes cambios empiezan por pequeños pasos

¿Qué pasaría si el cambio no fuera tan grande como estás imaginando? ¿Y si empezara por algo mucho más pequeño… y más posible?

El otro día una madre me contaba que sentía que lo había intentado todo con su hijo adolescente. Que ya no sabía cómo hablarle sin que se enfadara, sin que acabaran discutiendo, sin sentir que ella también perdía los nervios.

«Quizá es que ya no hay nada que hacer», me decía, con ese cansancio que muchas veces se cuela cuando sentimos que lo estamos dando todo… sin ver resultados.

Y yo le hice una pregunta que te comparto hoy a ti:

 

El mito del cambio radical

Vivimos en una cultura que nos vende que los cambios tienen que ser espectaculares. Que, si no se nota a lo grande, es que no está funcionando. Pero las madres sabemos que eso no es verdad.

Sabemos, por ejemplo, que un hijo no crece de un día para otro. Que los aprendizajes llegan despacio. Que cada gesto que repetimos una y otra vez va dejando huella, aunque no se vea al instante.

Lo mismo ocurre en la relación que construimos con ellos.

El valor de lo pequeño

A veces ese gran cambio que deseamos —dejar de discutir por todo, que confíe en ti, volver a sentiros cerca— no empieza con una conversación perfecta ni con una estrategia infalible.

Empieza con un pequeño movimiento.

    • Un día en el que eliges respirar antes de contestar.
    • Una tarde en la que le dices “te entiendo” aunque no compartas lo que hace.
    • Una decisión consciente de cuidar tu energía para no llegar a casa con la paciencia agotada.

Nada épico. Nada grandioso. Pero sí poderoso.

 

Cuando tú cambias, algo cambia

Hay una idea que repito mucho porque la he visto una y otra vez en mí misma y en las madres que acompaño:

Cuando tú haces un pequeño cambio, la relación también cambia.

Quizá no lo notes el primer día, pero al cabo de unas semanas te das cuenta de que esa tensión constante ya no está. De que la conversación dura más sin acabar en gritos. De que comparte contigo cómo le ha ido sin que tengas que insistir para que te cuente.

 

¿Y si empiezas hoy?

No necesitas tener todas las respuestas.

Solo necesitas dar un primer paso.

Si hay algo en tu relación con tu hijo/a que te gustaría mejorar, te invito a que lo hablemos en una sesión exploratoria. Es gratuita y un espacio ausente de juicio en el que puedes poner palabras a eso que llevas dentro… y empezar a ver cómo cambiarlo.

 

El primer paso aquí

 

Recuerda

    • Los grandes cambios no son fruto de una gran acción, sino de pequeños pasos sostenidos.
    • Cambiar tú, aunque sea un poquito, genera movimiento en la relación.
    • No necesitas hacerlo sola: hay acompañamiento disponible para ti.
Descubriendo los Desencadenantes Emocionales: Clave para una Comunicación Efectiva con tus Hijos Adolescentes

Descubriendo los Desencadenantes Emocionales: Clave para una Comunicación Efectiva con tus Hijos Adolescentes

¿En ocasiones notas que cuando tratas de abordar algún tema complicado con tu hij@ se dispara el enfado en ti?

Hoy vamos a adentrarnos en un tema fundamental para fortalecer la relación con nuestros hijos adolescentes: los desencadenantes emocionales. Descubrir y comprender nuestros propios desencadenantes emocionales puede marcar la diferencia en cómo nos relacionamos con ellos.

En este artículo, aprenderás qué son los desencadenantes emocionales, cómo identificarlos y cómo utilizar este conocimiento para fortalecer el vínculo con tus hijos. ¡Sigue leyendo!

¿Qué son los desencadenantes emocionales?

Los desencadenantes o disparadores emocionales son circunstancias, palabras, gestos o acciones que provocan una respuesta emocional intensa en nosotros. Pueden ser positivos o negativos, pero su poder está en que nos llevan a reaccionar de una manera específica.

En el contexto de la relación con nuestros hijos adolescentes, los desencadenantes pueden ser una fuente de conflicto o de conexión profunda, dependiendo de cómo los manejemos.

Identifica tus propios desencadenantes

Para tener una comunicación efectiva con nuestros hijos adolescentes, es crucial que identifiquemos nuestros propios desencadenantes emocionales.

Todos tenemos experiencias pasadas, creencias arraigadas y sensibilidades únicas que pueden afectar nuestras reacciones.

Saber cuáles son y cómo influyen específicamente en la forma en la que respondemos a ellas, es una gran ayuda cuando queremos cambiar esas respuestas.

Puedes aplicar esta sencilla pero muy útil práctica para descubrir tus desencadenantes:

  • Reflexiona sobre situaciones en las que te hayas sentido particularmente enfadado, frustrado o herido en el pasado.
  • Observa ¿Qué palabras, gestos, actitudes o comportamientos activaron esas emociones?
  • Anótalos en un listado poniendo al lado el grado de intensidad con el que respondes a ellos.

Esto te va a poner sobre la pista de cuáles son tus desencadenantes emocionales en el caso de la emoción del enfado.

Esta práctica también te sirve para reconocer los desencadenantes de emociones que te resulten favorables, ayudándote a crear condiciones de encuentro.

Cómo usar los desencadenantes para fortalecer el vínculo

Una vez que identifiques tus desencadenantes emocionales, podrás regular tus reacciones con mayor conocimiento y empatía hacia tus hijos adolescentes. El simple hecho de reconocer cuáles son los botones que accionan tus emociones cuando estás con ellos, te ayudará a evitar respuestas impulsivas o negativas.

Además, podrás comunicarte de manera más clara y comprensiva, transmitiendo tus necesidades y límites de una forma más efectiva. Recuerda que tus hijos también tienen sus propios desencadenantes emocionales. Identificarlos y mostrarles que los comprendes y respetas, te ayudará a fortalecer la confianza y el entendimiento mutuo.

El botón de pausa

Esta es una herramienta muy útil cuando reconoces que se ha producido alguno de los desencadenantes y sientes que la intensidad emocional no te va a ayudar a responder como te gustaría. En el momento en que sientas que es la emoción la que va a tomar el control de la situación por ti, es momento de activa tu botón de alerta.

Consiste en una señal que te indique que el desencadenante se ha producido, la emoción va a hacer que te desbordes, y necesitas hacer una pausa para recuperar un estado desde el que responder de forma más consciente.

Puedes compartir esa señal con tu hij@ para que también sepa que necesitas tomarte un tiempo antes de continuar con el tema que estáis tratando. De esta forma podrás tomarte el tiempo necesario para recuperar el control de tu emoción y reflexionar en cómo quieres responder.

También puedes invitar a tu hij@ a que defina su propio botón de pausa y que lo comparta contigo para que tú puedas accionarlo en caso de que le resulte complicado hacerlo por sí mismo.

En resumen, los desencadenantes emocionales pueden ser poderosos obstáculos o poderosas herramientas en las relaciones con nuestros hijos adolescentes. Aprender a identificar y comprender nuestros propios desencadenantes nos brinda una valiosa oportunidad de autoconocimiento y una comunicación más efectiva. Recuerda, el conocimiento de ti mismo te brinda la capacidad de responder en lugar de reaccionar, y eso marca la diferencia en la forma en que te conectas con tus seres queridos.

Ahora que tienes esta información, ponla en práctica. Descubre tus desencadenantes emocionales y utiliza ese conocimiento para mejorar tu comunicación con tus hijos adolescentes. Recuerda la herramienta del «botón de pausa» para mantenerte consciente de tus propias reacciones y elegir cómo quieres responder a ellas.

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¡Tu viaje hacia una comunicación más efectiva comienza ahora!

¿Por qué reaccionamos mal en los conflictos con nuestros hijos adolescentes?

¿Por qué reaccionamos mal en los conflictos con nuestros hijos adolescentes?

¿Te has preguntado qué te lleva a reaccionar de una forma que sabes que no te ayuda a los conflictos con tu hij@ adolescente?

En la etapa adolescente los conflictos con ellos se dan con frecuencia desde el momento en que hay puntos de fricción en temas en los que tenemos perspectivas diferentes

A veces, tras finalizar la discusión, somos muy conscientes de que la forma en la que reaccionamos a estas situaciones, en lugar de llevarnos a avanzar hacia una solución, nos aleja de cualquier opción de encuentro e incluso empeora las cosas. Y no sabemos muy bien por qué, pero volvemos a responder igual la siguiente vez que se nos presenta ese u otro conflicto.

El cerebro humano tiene una serie de características propias que tienen mucho que ver en esto.

Hay 5 rasgos del cerebro que son comunes en todos nosotros y sobre las que podemos actuar para mejorar las respuestas a los conflictos con nuestros hijos.

¿Qué nos lleva a reaccionar instintivamente como quisiéramos evitar?

Estas son 5 de las peculiaridades del cerebro humano que te van a ayudar a entenderlo:

  • Nuestro cerebro tiene como principal misión la supervivencia. Esto hace que ante cualquier situación que interpretemos como una amenaza, se active la amígdala, que es la parte del cerebro responsable de del mecanismo de «lucha o huida». Cuando nos enfrentamos a un conflicto, ya sea porque es una situación de peligro real, o porque lo vivimos como algo estresante, la amígdala reacciona como si de una amenaza real e inmediata se tratase, y puede hacer que nos pongamos a la defensiva, reaccionando de manera emocional en lugar de racional.

Ante una crítica o un desafío de nuestro hijo adolescente, podemos sentir una respuesta emocional intensa, como la ira, la frustración o la impotencia. Estas emociones pueden impedir que pensemos claramente y respondamos de manera constructiva en la situación.

Para no afrontar el conflicto desde el instinto de supervivencia, secuestrados emocionalmente, es de gran ayuda tomarnos un tiempo para respirar profundamente y regular el estado emocional antes de abordarlo. Esto nos ayudará a evaluar la situación antes de reaccionar instintivamente.

  • Nuestro cerebro está diseñado para ahorrar energía. El cerebro tiene la capacidad de utilizar patrones preestablecidos de pensamiento y acción para ahorrar energía, y esto puede llevarnos a reaccionar de manera automática a los conflictos sin pararnos a pensar en ellos desde una forma más analítica.

Por ejemplo, si hemos tenido una discusión con nuestro hijo adolescente sobre una tarea que no ha terminado, es posible que nuestro cerebro recurra a un patrón de reacción automático, como levantar la voz o mostrar frustración, en lugar de considerar el problema de manera crítica y buscar una solución efectiva.

Este ahorro de energía también nos puede llevar a buscar soluciones rápidas y fáciles, como imponer nuestra autoridad o recurrir a castigos en lugar de buscar soluciones más positivas y que tengan efecto a largo plazo.

Aunque esa capacidad de ahorro nos puede ser muy útil en muchas situaciones, también puede ser una barrera en la resolución efectiva de conflictos. Para no dejarnos llevar por este impulso es necesario pararnos a reflexionar y buscar la forma de abordar el conflicto de manera más efectiva y afectiva.

 

  • El cerebro tiene tendencia a buscar información que confirme nuestras creencias y descartar lo que las contradiga. Es el llamado sesgo de confirmación. En situaciones de conflicto, esto puede hacer que nos agarremos a nuestras propias ideas y rechacemos las suyas, incluso cuando estas puedan ayudarnos a resolver el problema.

El sesgo de confirmación puede llevarnos a ser más propensos a interpretar su comportamiento como una confirmación de nuestras creencias previas sobre ellos, en lugar de considerar su perspectiva de forma objetiva.

Por ejemplo, si tenemos la creencia previa de que nuestro hijo es desobediente, es posible que interpretemos su negativa a hacer algo como una confirmación de esa creencia, en lugar de considerar que puede haber otra intención razonable detrás de su comportamiento.

También puede inclinarnos a tener una actitud defensiva al sentir que nuestro punto de vista se está cuestionando, llevándonos a imponer nuestro criterio, y no tomando en cuenta la perspectiva de nuestro hijo.

Si no queremos caer en este sesgo de confirmación, es importante mantener una mente abierta y escuchar activamente su perspectiva, aun cuando no esté en línea con nuestras creencias. Al considerar su punto de vista la conversación será más efectiva y respetuosa, y nos facilitará poder llegar a una solución con la que ambos nos sintamos satisfechos.

  • El cerebro aprende por asociación, busca patrones. Aprende de manera intuitiva, basándose en patrones de experiencias previas.

En los conflictos con nuestros hijos adolescentes, esto nos puede llevar a reaccionar de manera automática, basándonos en nuestras experiencias anteriores de situaciones parecidas.

Por ejemplo, si hemos tenido conflictos anteriores con nuestro hijo sobre su rendimiento escolar, es posible que esto nos influya en la reacción ante un conflicto de parecidas características en el futuro, abordando el conflicto sin tener en cuenta el contexto específico de la situación actual.

Especialmente en la etapa adolescente, esta tendencia puede ser problemática, al ser sus comportamientos y actitudes muy variables y cambiantes. Esto nos complica poder predecir cómo responderán en una situación determinada.

Para salvar esta tendencia, es importante tener en cuenta el contexto específico de la situación actual y escuchar activamente la perspectiva de nuestro hijo. Esto nos permitirá llegar a una solución satisfactoria para ambas partes.

  • El sesgo de negatividad. El cerebro también tiene una tendencia natural a prestar más atención a las experiencias negativas que a las positivas. En el contexto de un conflicto con un hijo adolescente, esta tendencia de enfocarse en lo negativo puede llevarnos a prestar más atención a los aspectos negativos de la situación, en lugar de buscar soluciones positivas.

Por ejemplo, si estamos en desacuerdo con nuestro hijo sobre su comportamiento, podemos estar más atentos a lo que nos resulta más negativo de su comportamiento, como su falta de responsabilidad, en lugar de buscar soluciones efectivas para mejorar su comportamiento y establecer una mejor comunicación.

Esto también puede hacer que tendamos a no reconocer y apreciar los aspectos positivos, lo que puede generar una actitud crítica y negativa en la relación.

Para revertir esta tendencia, es importante ser conscientes de nuestra propia actitud ante el conflicto, y enfocarnos en soluciones positivas a la hora de afrontarlo. También es importante reconocer y apreciar los aspectos positivos de la relación con nuestro hijo adolescente, incluso en situaciones de conflicto, para fomentar una actitud más positiva y constructiva en la relación.

 

En resumen, estas 5 características del cerebro pueden jugar en nuestra contra cuando tratamos de resolver conflictos con nuestros hijos adolescentes. Sin embargo, conocerlas nos ayuda a entender qué nos hace reaccionar de la forma que lo hacemos en situaciones conflictivas, y así poder tomar medidas para abordarlas de manera más efectiva. ¿Ha experimentado alguna de estas respuestas instintivas en los conflictos con tu hijo adolescente?  Cuéntame tu experiencia en comentarios.

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Cómo cambiar un comportamiento perjudicial de tu hijo adolescente sin recurrir al castigo

Cómo cambiar un comportamiento perjudicial de tu hijo adolescente sin recurrir al castigo

La solución para que tu hijo cambie un comportamiento perjudicial NO es el castigo

Partiendo de la idea de que lo que queremos generar es un cambio hacia una conducta más beneficiosa, el castigo no es la solución.

Con el castigo provocamos un efecto choque, que lo que hace es que quieran huir de la consecuencia del castigo, no de la de su conducta.

Cuando como madres o padres, queriendo evitar “males mayores”, y con la intención de rectificar una conducta de nuestros hijos, les castigamos para evitar que la repitan estamos yendo en contra de lo que queremos generar.

¿Qué pensarías si te digo que para que el cambio de comportamiento sea duradero y significativo tiene que haber una intención de cambio detrás?

Las conductas son solo la parte visible de lo que está pasando por debajo de ellas.

Bajo la forma en la que se comportan hay mucho más que lo que se ve externamente. Hay mucho más que lo que se percibe en sus actos, en cómo nos hablan, y en la manera en que reaccionan a lo que les pasa.

Detrás de sus comportamientos hay toda una secuencia de pasos, que en gran medida vienen disparados por una emoción. Una emoción que surge de una necesidad emocional no satisfecha. Esta secuencia normalmente no es visible por los demás. Lo que vemos es lo que reflejan externamente, lo que tiene un impacto en el entorno, y esto se manifiesta en forma de conducta.

El gran contrasentido es que, en muchos casos, ni siquiera ellos mismos no son conscientes de este proceso hasta que tienen el estallido con un comportamiento, y cuando el estallido pasa son conscientes del impacto causado. Esa conducta, en ocasiones, es algo que ellos mismos ni entienden ni saben cómo cambiar.

En ese momento en el que la frustración es máxima, que nosotros como padres pongamos la atención únicamente en la repercusión y en evitarla a toda costa, no les ayuda a encontrar la manera de cambiarlo.

La adolescencia es una etapa de enormes cambios tanto físicos como cerebrales. Y esto les genera gran confusión.

Lo que necesitan de nosotros es comprensión. Necesitan que, en lugar de dejarnos llevar por el resultado final, les ayudemos a entender de dónde viene ese estallido para encontrar otro camino más favorable.

El comportamiento no es descriptivo de cómo es la persona que lo realiza, es la consecuencia a veces “erróneamente gestionada”, de lo que se esconde tras esa conducta.

Los comportamientos forman parte de la manera en que cada uno ha encontrado para adaptarse a las situaciones que vive, y esa adaptación surge de la búsqueda de satisfacer unas necesidades.

La búsqueda de esa adaptación no garantiza que el comportamiento sea el óptimo y adecuado para la persona que lo hace, ni para su entorno.

El comportamiento nace de una intención positiva de cubrir la necesidad que lo ha originado.

¿Qué es lo que pasa cuando queremos corregir el comportamiento sin tener en cuenta qué necesidad emocional lo originó?

    • Lo que pasa es que ese comportamiento sigue teniendo la misma intención positiva y buscará satisfacerla repitiéndose.
    • Los castigos y las prohibiciones en la adolescencia tienen el efecto contrario al que pretendemos.
    • En general, cuando aplicamos la imposición, además de dejar de verles a ellos para ver solo el resultado de su conducta, estamos aplicando una fuerza en sentido contrario, que en lugar de ayudarnos a llegar a un beneficio conjunto nos aleja de ellos.

Seguro que ahora te estás preguntando, ¿y por qué cuando le castigo sí que surge efecto?

La respuesta es sencilla, porque en ese momento el miedo a las consecuencias de no cumplir el castigo es mayor que la otra necesidad. Esto hará que él/ella misma encuentre un camino distinto para eludir ese castigo en lo sucesivo y seguir con su comportamiento.

La pregunta para ti es: ¿en qué medida surge efecto? y ¿el efecto del castigo es el que pretendías que fuera?

En este caso la intención que prevalece es la de evitar la consecuencia del castigo. Pero si lo pensamos un poco, lo que hemos evitado con esto no es que entiendan que su comportamiento no era el adecuado, sino que descubran opciones de cómo seguir haciéndolo sin que nos enteremos.

En el momento en que nos limitamos a juzgar un comportamiento por los efectos que está generando en el entorno, nos estamos perdiendo buena parte de la base de ese comportamiento, y con ello la oportunidad de encontrar la forma de revertirlo.

Comprender un comportamiento no implica justificarlo, pero juzgarlo no nos permitirá ver la necesidad que encierra

Recuerda: La solución para que tu hijo cambie un comportamiento perjudicial NO es el castigo. Cuando lo que queremos es ayudar a cambiar un comportamiento y que este cambio sea duradero, es importante entender la necesidad que se busca cubrir con él. Al identificar esa necesidad, podemos encontrar un camino más orientado a poder cubrirla, lo que facilita que estén más predispuestos a cambiarlo y a responder de manera diferente.

Cómo influye tu nivel de energía en la comunicación con tu hij@

Cómo influye tu nivel de energía en la comunicación con tu hij@

Una baja energía te predispone a no ser un buen conductor en la comunicación con tus hijos

 

El principal componente para tener una comunicación en la que haya entendimiento es establecer la conexión adecuada.

Al igual que para que una bombilla de luz necesita, estar conectada a la red eléctrica, tú necesitas tener la energía adecuada para tener una comunicación que fluya.

Tú eres quien da energía a tu comunicación. Si no dispones de la energía adecuada, la conexión para construir la línea de comunicación termina antes siquiera de poder iniciarse.

¿Qué pasa cuando nos comunicamos con nuestros hijos desde una energía de agotamiento, de angustia, de estrés…?

Lo que pasa es que la energía no es la apropiada para que la comunicación fluya, ni para que el mensaje que queremos transmitir llegue a su destino o que llegue, al menos, de la manera que nos gustaría.

Si nuestra energía está bajo mínimos porque el desgaste es muy grande, esto se traduce en una comunicación de urgencia, poco clara, y en muchos casos con el foco puesto en lo que queremos evitar, en lugar de en lo que queremos conseguir.

¿Y cómo reconocer cuándo estamos “bajo mínimos”?

Normalmente tenemos esta energía cuando estamos agotadas, cuando nos sobre exigimos, cuando pretendemos tenerlo todo bajo control… En definitiva, cuando no nos escuchamos a nosotras mismas ni atendemos nuestras propias necesidades.

Cuando no hacemos caso de nuestras propias necesidades, que como todo ser humano tenemos, entramos en lo que yo llamo modo supervivencia. Y desde el modo supervivencia, en lugar de responder conscientemente a las situaciones que vivimos, reaccionamos a ellas de forma instintiva y automática.

Al entrar en modo supervivencia, nos movemos principalmente para evitar las “amenazas” que puedan surgir, y esto nos hace percibir problemas que desde otro estado no identificaríamos como tales.

Tus necesidades no atendidas te influyen para no ser un buen conductor de la comunicación

Actuamos impulsivamente, la mayoría de las veces lideradas por la emoción que tenemos en ese momento. Y después, cuando la tormenta ha pasado, es muy probable que al echar la vista atrás, nos llevemos las manos a la cabeza y digamos, cómo he llegado a esto. ¿Me equivoco?

Desde esa falta de energía y esa reacción automática, no solo no atendemos nuestras necesidades, sino que tampoco estamos en condiciones de ver las necesidades e inquietudes de nuestros hijos, lo que hace que ellos no se sientan ni vistos ni comprendidos.

Y seguramente estás de acuerdo conmigo en que, desde esa posición reactiva, es muy difícil llegar a tener una comunicación en la que sentiros escuchados.

Sin embargo, desde un nivel de energía adecuado, estamos más atentas a las necesidades de ambos, tenemos más lleno el depósito de la paciencia, y esto nos ayuda a estar más predispuestas a comunicarnos de forma efectiva y afectiva.

Te presento 4 grandes indicadores que te van a ayudar a saber cómo de óptima es tu energía:

  • Medir tu nivel de Estrés.

Para esto es importante identificar qué te produce estrés, ya que habrá niveles de estrés que te quiten energía y otros que te la den.

  • Conocer tus Emociones.

Las emociones son lo que nos mueve, son lo que hace que decidamos ir por un camino u otro, lo que nos lleva a actuar o a quedarnos parados esperando que otros actúen.

Tomamos las decisiones impulsadas por nuestro estado emocional, y una vez tomada la decisión, buscamos la forma de justificarla racionalmente.

Por esto, identificar las emociones que tenemos, conocer qué nos indican y qué hace que se disparen, es la base para poder evaluar cómo de preparadas estamos a que las comunicaciones con nuestros hijos tengan el resultado que queremos.

  • Atender tu Autocuidado.

Debajo de toda emoción hay una necesidad por cubrir, y en esa necesidad no satisfecha está la raíz de la reacción que tenemos a ella.

  • Conocer tus prioridades y Motivaciones.

Cuando estamos desbordadas, o nos encontramos en una situación complicada, no es el mejor momento para analizar lo que consideramos realmente importante y establecer prioridades. Ya que, como veíamos antes, estamos en modo supervivencia, y en este modo tendemos a tratar lo que consideramos urgente en ese momento, que no tiene que ser necesariamente lo prioritario o importante para ti.

 

recuerda: Tu nivel de energía está directamente relacionado con tu nivel de paciencia, y con la forma en la que te comunicas con tus hijos. Cuidar tu energía te ayuda a tener una comunicación más efectiva con ellos.

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