¿Por qué reaccionamos mal en los conflictos con nuestros hijos adolescentes?

¿Por qué reaccionamos mal en los conflictos con nuestros hijos adolescentes?

¿Te has preguntado qué te lleva a reaccionar de una forma que sabes que no te ayuda a los conflictos con tu hij@ adolescente?

En la etapa adolescente los conflictos con ellos se dan con frecuencia desde el momento en que hay puntos de fricción en temas en los que tenemos perspectivas diferentes

A veces, tras finalizar la discusión, somos muy conscientes de que la forma en la que reaccionamos a estas situaciones, en lugar de llevarnos a avanzar hacia una solución, nos aleja de cualquier opción de encuentro e incluso empeora las cosas. Y no sabemos muy bien por qué, pero volvemos a responder igual la siguiente vez que se nos presenta ese u otro conflicto.

El cerebro humano tiene una serie de características propias que tienen mucho que ver en esto.

Hay 5 rasgos del cerebro que son comunes en todos nosotros y sobre las que podemos actuar para mejorar las respuestas a los conflictos con nuestros hijos.

¿Qué nos lleva a reaccionar instintivamente como quisiéramos evitar?

Estas son 5 de las peculiaridades del cerebro humano que te van a ayudar a entenderlo:

  • Nuestro cerebro tiene como principal misión la supervivencia. Esto hace que ante cualquier situación que interpretemos como una amenaza, se active la amígdala, que es la parte del cerebro responsable de del mecanismo de «lucha o huida». Cuando nos enfrentamos a un conflicto, ya sea porque es una situación de peligro real, o porque lo vivimos como algo estresante, la amígdala reacciona como si de una amenaza real e inmediata se tratase, y puede hacer que nos pongamos a la defensiva, reaccionando de manera emocional en lugar de racional.

Ante una crítica o un desafío de nuestro hijo adolescente, podemos sentir una respuesta emocional intensa, como la ira, la frustración o la impotencia. Estas emociones pueden impedir que pensemos claramente y respondamos de manera constructiva en la situación.

Para no afrontar el conflicto desde el instinto de supervivencia, secuestrados emocionalmente, es de gran ayuda tomarnos un tiempo para respirar profundamente y regular el estado emocional antes de abordarlo. Esto nos ayudará a evaluar la situación antes de reaccionar instintivamente.

  • Nuestro cerebro está diseñado para ahorrar energía. El cerebro tiene la capacidad de utilizar patrones preestablecidos de pensamiento y acción para ahorrar energía, y esto puede llevarnos a reaccionar de manera automática a los conflictos sin pararnos a pensar en ellos desde una forma más analítica.

Por ejemplo, si hemos tenido una discusión con nuestro hijo adolescente sobre una tarea que no ha terminado, es posible que nuestro cerebro recurra a un patrón de reacción automático, como levantar la voz o mostrar frustración, en lugar de considerar el problema de manera crítica y buscar una solución efectiva.

Este ahorro de energía también nos puede llevar a buscar soluciones rápidas y fáciles, como imponer nuestra autoridad o recurrir a castigos en lugar de buscar soluciones más positivas y que tengan efecto a largo plazo.

Aunque esa capacidad de ahorro nos puede ser muy útil en muchas situaciones, también puede ser una barrera en la resolución efectiva de conflictos. Para no dejarnos llevar por este impulso es necesario pararnos a reflexionar y buscar la forma de abordar el conflicto de manera más efectiva y afectiva.

 

  • El cerebro tiene tendencia a buscar información que confirme nuestras creencias y descartar lo que las contradiga. Es el llamado sesgo de confirmación. En situaciones de conflicto, esto puede hacer que nos agarremos a nuestras propias ideas y rechacemos las suyas, incluso cuando estas puedan ayudarnos a resolver el problema.

El sesgo de confirmación puede llevarnos a ser más propensos a interpretar su comportamiento como una confirmación de nuestras creencias previas sobre ellos, en lugar de considerar su perspectiva de forma objetiva.

Por ejemplo, si tenemos la creencia previa de que nuestro hijo es desobediente, es posible que interpretemos su negativa a hacer algo como una confirmación de esa creencia, en lugar de considerar que puede haber otra intención razonable detrás de su comportamiento.

También puede inclinarnos a tener una actitud defensiva al sentir que nuestro punto de vista se está cuestionando, llevándonos a imponer nuestro criterio, y no tomando en cuenta la perspectiva de nuestro hijo.

Si no queremos caer en este sesgo de confirmación, es importante mantener una mente abierta y escuchar activamente su perspectiva, aun cuando no esté en línea con nuestras creencias. Al considerar su punto de vista la conversación será más efectiva y respetuosa, y nos facilitará poder llegar a una solución con la que ambos nos sintamos satisfechos.

  • El cerebro aprende por asociación, busca patrones. Aprende de manera intuitiva, basándose en patrones de experiencias previas.

En los conflictos con nuestros hijos adolescentes, esto nos puede llevar a reaccionar de manera automática, basándonos en nuestras experiencias anteriores de situaciones parecidas.

Por ejemplo, si hemos tenido conflictos anteriores con nuestro hijo sobre su rendimiento escolar, es posible que esto nos influya en la reacción ante un conflicto de parecidas características en el futuro, abordando el conflicto sin tener en cuenta el contexto específico de la situación actual.

Especialmente en la etapa adolescente, esta tendencia puede ser problemática, al ser sus comportamientos y actitudes muy variables y cambiantes. Esto nos complica poder predecir cómo responderán en una situación determinada.

Para salvar esta tendencia, es importante tener en cuenta el contexto específico de la situación actual y escuchar activamente la perspectiva de nuestro hijo. Esto nos permitirá llegar a una solución satisfactoria para ambas partes.

  • El sesgo de negatividad. El cerebro también tiene una tendencia natural a prestar más atención a las experiencias negativas que a las positivas. En el contexto de un conflicto con un hijo adolescente, esta tendencia de enfocarse en lo negativo puede llevarnos a prestar más atención a los aspectos negativos de la situación, en lugar de buscar soluciones positivas.

Por ejemplo, si estamos en desacuerdo con nuestro hijo sobre su comportamiento, podemos estar más atentos a lo que nos resulta más negativo de su comportamiento, como su falta de responsabilidad, en lugar de buscar soluciones efectivas para mejorar su comportamiento y establecer una mejor comunicación.

Esto también puede hacer que tendamos a no reconocer y apreciar los aspectos positivos, lo que puede generar una actitud crítica y negativa en la relación.

Para revertir esta tendencia, es importante ser conscientes de nuestra propia actitud ante el conflicto, y enfocarnos en soluciones positivas a la hora de afrontarlo. También es importante reconocer y apreciar los aspectos positivos de la relación con nuestro hijo adolescente, incluso en situaciones de conflicto, para fomentar una actitud más positiva y constructiva en la relación.

 

En resumen, estas 5 características del cerebro pueden jugar en nuestra contra cuando tratamos de resolver conflictos con nuestros hijos adolescentes. Sin embargo, conocerlas nos ayuda a entender qué nos hace reaccionar de la forma que lo hacemos en situaciones conflictivas, y así poder tomar medidas para abordarlas de manera más efectiva. ¿Ha experimentado alguna de estas respuestas instintivas en los conflictos con tu hijo adolescente?  Cuéntame tu experiencia en comentarios.

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Cómo cambiar un comportamiento perjudicial de tu hijo adolescente sin recurrir al castigo

Cómo cambiar un comportamiento perjudicial de tu hijo adolescente sin recurrir al castigo

La solución para que tu hijo cambie un comportamiento perjudicial NO es el castigo

Partiendo de la idea de que lo que queremos generar es un cambio hacia una conducta más beneficiosa, el castigo no es la solución.

Con el castigo provocamos un efecto choque, que lo que hace es que quieran huir de la consecuencia del castigo, no de la de su conducta.

Cuando como madres o padres, queriendo evitar “males mayores”, y con la intención de rectificar una conducta de nuestros hijos, les castigamos para evitar que la repitan estamos yendo en contra de lo que queremos generar.

¿Qué pensarías si te digo que para que el cambio de comportamiento sea duradero y significativo tiene que haber una intención de cambio detrás?

Las conductas son solo la parte visible de lo que está pasando por debajo de ellas.

Bajo la forma en la que se comportan hay mucho más que lo que se ve externamente. Hay mucho más que lo que se percibe en sus actos, en cómo nos hablan, y en la manera en que reaccionan a lo que les pasa.

Detrás de sus comportamientos hay toda una secuencia de pasos, que en gran medida vienen disparados por una emoción. Una emoción que surge de una necesidad emocional no satisfecha. Esta secuencia normalmente no es visible por los demás. Lo que vemos es lo que reflejan externamente, lo que tiene un impacto en el entorno, y esto se manifiesta en forma de conducta.

El gran contrasentido es que, en muchos casos, ni siquiera ellos mismos no son conscientes de este proceso hasta que tienen el estallido con un comportamiento, y cuando el estallido pasa son conscientes del impacto causado. Esa conducta, en ocasiones, es algo que ellos mismos ni entienden ni saben cómo cambiar.

En ese momento en el que la frustración es máxima, que nosotros como padres pongamos la atención únicamente en la repercusión y en evitarla a toda costa, no les ayuda a encontrar la manera de cambiarlo.

La adolescencia es una etapa de enormes cambios tanto físicos como cerebrales. Y esto les genera gran confusión.

Lo que necesitan de nosotros es comprensión. Necesitan que, en lugar de dejarnos llevar por el resultado final, les ayudemos a entender de dónde viene ese estallido para encontrar otro camino más favorable.

El comportamiento no es descriptivo de cómo es la persona que lo realiza, es la consecuencia a veces “erróneamente gestionada”, de lo que se esconde tras esa conducta.

Los comportamientos forman parte de la manera en que cada uno ha encontrado para adaptarse a las situaciones que vive, y esa adaptación surge de la búsqueda de satisfacer unas necesidades.

La búsqueda de esa adaptación no garantiza que el comportamiento sea el óptimo y adecuado para la persona que lo hace, ni para su entorno.

El comportamiento nace de una intención positiva de cubrir la necesidad que lo ha originado.

¿Qué es lo que pasa cuando queremos corregir el comportamiento sin tener en cuenta qué necesidad emocional lo originó?

    • Lo que pasa es que ese comportamiento sigue teniendo la misma intención positiva y buscará satisfacerla repitiéndose.
    • Los castigos y las prohibiciones en la adolescencia tienen el efecto contrario al que pretendemos.
    • En general, cuando aplicamos la imposición, además de dejar de verles a ellos para ver solo el resultado de su conducta, estamos aplicando una fuerza en sentido contrario, que en lugar de ayudarnos a llegar a un beneficio conjunto nos aleja de ellos.

Seguro que ahora te estás preguntando, ¿y por qué cuando le castigo sí que surge efecto?

La respuesta es sencilla, porque en ese momento el miedo a las consecuencias de no cumplir el castigo es mayor que la otra necesidad. Esto hará que él/ella misma encuentre un camino distinto para eludir ese castigo en lo sucesivo y seguir con su comportamiento.

La pregunta para ti es: ¿en qué medida surge efecto? y ¿el efecto del castigo es el que pretendías que fuera?

En este caso la intención que prevalece es la de evitar la consecuencia del castigo. Pero si lo pensamos un poco, lo que hemos evitado con esto no es que entiendan que su comportamiento no era el adecuado, sino que descubran opciones de cómo seguir haciéndolo sin que nos enteremos.

En el momento en que nos limitamos a juzgar un comportamiento por los efectos que está generando en el entorno, nos estamos perdiendo buena parte de la base de ese comportamiento, y con ello la oportunidad de encontrar la forma de revertirlo.

Comprender un comportamiento no implica justificarlo, pero juzgarlo no nos permitirá ver la necesidad que encierra

Recuerda: La solución para que tu hijo cambie un comportamiento perjudicial NO es el castigo. Cuando lo que queremos es ayudar a cambiar un comportamiento y que este cambio sea duradero, es importante entender la necesidad que se busca cubrir con él. Al identificar esa necesidad, podemos encontrar un camino más orientado a poder cubrirla, lo que facilita que estén más predispuestos a cambiarlo y a responder de manera diferente.

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